Yo, Manuel Semaan y mi bloc

Tuesday, June 03, 2008

Ascender a una cumbre siempre es más peligroso que pasear por la oficina

Cuando papá se fue de vacaciones hace cuatro semanas, Iñaki Ochoa, Horia y Don seguían subiendo por la pared sur del Annapurna, aquella que papá miraba asombrado, con el corazón en vilo y boquiabierto desde el glaciar una semana antes.

Todo era alegría y emoción. Al mismo tiempo, Edurne, Pauner, Iván Vallejo y sus equipos conquistaban la cima del Dhaulaghiri. Iván conseguía su 14 ochomil, Edurne su décimo y Carlos Pauner su octavo. Además Marta Alejandre se convertia en la primera aragonesa en un ochomil. Edurne decía:
Es difícil poder explicar lo que siento en estos momentos, cansancio, sed, recuerdos y emociones se entremezclan, produciendo una sensación de satisfacción única, lo que si se queda grabado para siempre, son los minutos pasados en la cumbre y la sensación de haber trabajado bien y ahora poder recoger los frutos. Podría ponerme a dar las gracias a mucha gente y por muchas cosas… Pero solo os diré una cosa lo "acompañada" que me he sentido todos estos días y sobre todo hoy, pensando en todos vosotros y con la ayuda de mi equipo, no lo olvidaré nunca… El Dhulagiri, a partir de hoy, también es un poco vuestro, enhorabuena a todos por creer en estos "locos".
En su habitual lucidez, Innaki decía antes de salir hacia la cumbre solos y sin portadores de altura:
Esperamos y miramos al cielo. En cuanto el pronóstico del tiempo sea favorable, saldremos en busca de la cima del Annapurna, lugar mágico donde de nuevo nuestros sueños serán destruidos sin compasión. Nuestros cuerpos, por su parte, se han declarado preparados para lo que se les viene encima sin remedio, aclimatados a la altura inhumana de este gigante de nuestros deseos más… públicos. El proceso de aclimatación a la altitud, que acabamos ahora de finalizar, es siempre una fase ingrata, dura e inevitablemente más larga de lo deseado. Pero me imagino que una vez más nos lo hemos ganado a pulso, tras un mes de estancia en el campo base e innumerables viajes arriba y abajo, cargados como mulos. Les recuerdo, no usamos porteadores de altura, nadie ha de jugarse el bigote por nuestra gloria o a cambio de nuestro vil metal. Sin duda esta es una de las expediciones en las que más he trabajado desde un punto de vista físico, pero ésta es la forja donde se templa el acero que luego nos ha de permitir cabalgar esas aristas colgadas del cielo. El hierro gime y se queja, dice el poeta, pero después se convierte en martillo y en espada. Nos encontramos con buena salud, contentos y motivados, y con el mismo equilibrio espiritual de un gurú, si es que ello es posible, rodeados de uno de los escenarios más hermosos que sea posible encontrar en este planeta.

Creo que una de las numerosas razones por las que practicamos la escalada en el Himalaya es simplemente para purgar de nuestros cuerpos los demonios de la civilización occidental. Me refiero, como algunos de ustedes intuyen, a la soledad no elegida, el hastío, la depresión, el consumismo, el clima político que nos rodea, la violencia, las diversas adicciones posibles y probables, además de los malignos centros comerciales. Todos estos demonios se han quedado directamente en casa, incapaces como son de desplazarse en el espacio hasta aquí. Mientras tanto, sus compañeros el colesterol, el sedentarismo, el aburrimiento y el sobrepeso, que quizás han viajado hasta aquí, están a punto de perecer con saña, sumidos los pobres en los inevitables encantos de la cara sur de esta montaña sin par. Pronto va a empezar un baile salvaje, que dejará nuestros cuerpos limpios y desnudos, privados de todo resto de fuerza, pero cargados hasta los topes de esa energía espiritual rica como pocas, que da cuerda a nuestras vidas sin cicatería alguna. Lo que ustedes pueden hacer por nosotros es enviar fuerza y buenos deseos, rezar si saben o quieren, y quizás dejar de lado por un rato el periódico o el ordenador y salir a dar una vuelta, correr o andar en bicicleta… más que nada, por sacudirse de encima por un rato a esos demonios de los que hablaba, tan poco amigables pero también tan débiles de carácter, los muy cobardes."
La antorcha olímpica alcanzaba esa noche la cima del Everest. Juan Oiarzábal y Roberto Rojo subían también al Makalu, el ochomil número 22 para Juan. Con 69 annos Carlos Soria llegaba al Makalu.

Pero las cosas se empezaron a torcer. La subida al Dhaulagiri tiene algunas placas de hielo y travesías muy expuestas. Rafael Guillén no llegó a hacer cumbre y en la bajada resbaló en una placa. Su companero Dario desaparecía. Descansen en paz.

El 20 de Mayo, Innaki se daba la vuelta a 100 m de la cima y perdía la consciencia a 7400 m. Estaban en una arista sobre la gran pared sur del Annapurna y sin sherpas. A su rescate iban dos suizos y una expedición rusa, helicópteros trataban de salir de Pokhara a pesar del mal tiempo y médicos y alpinistas se acercaban para acometer lo que iba a ser un muy difícil rescate; una auténtica muestra de la solidaridad que se respira en la montana. Finalmente moría este montanero que cuando caminaba creía volar. El suizo Ullie decía en una entrevista:
"Ascender a una cumbre siempre es más peligroso que pasear por la oficina. Iñaki era muy buen alpinista y sabía lo que podía pasar. Pero aunque fuera consciente de los riesgos, seguro que no subió pensando que iba a morir. Nadie hace eso".
Con el alma muy limpia, en un email publicado en Barrabes, Innaki había escrito:
Quiero empezar a devolver a los niños de Asia lo mucho que me han dado en forma de aprendizaje, llamando la atención sobre sus necesidades y recaudando dinero para repartirlo por allí, en un orfanato de Katmandú, en un hospital del norte de Pakistán y en una escuela de Dharamshala, donde los niños tibetanos están exiliados... los tres países por donde yo me he movido...el proyecto se llamaría S.O.S HIMALAYA...

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Wednesday, April 30, 2008

Mis crampones sueñan con hielo espeso y dulce

En Nepal, en el santuario del Annapurna, nosotros llegamos hasta el principio sur de la pared vertical que sube cuatro kilómetros hasta la máxima altura del Annapurna. Hoy Inaki Ochoa, Horia y Don Bowie salen de ese punto para escalar la pared por una vía nueva. Habiéndolo visto, no parece que pueda ser posible.

En la montana el cerebro funciona de manera diferente, claro, lucido y sensible a los mínimos detalles. Aparecen sensaciones y pensamientos propios, no habituales en la ciudad. Como ejemplo, copiamos el mensaje que envía hoy Inaki desde la pared y que puede encontrarse en su bloc.
La hoja de mi piolet araña la roca produciendo un chasquido que no me gusta en absoluto. Busco con ahínco una pequeña fisura oculta, algo que me permita empotrar el filo metálico y superarme sólo un metro, justo aquí arriba donde la nieve parece algo más compacta y profunda. A mis crampones tampoco les gusta morder en la roca, ellos son como yo y sueñan con hielo espeso y dulce… Tengo que mantener la calma, ya que aquí arriba la caída no está permitida. Don Bowie me mira desde 20 metros más abajo, colgado de un clavo en la repisa desde donde me va soltando cuerda, y en su expresión se observa el tono grave de quién sabe lo que está en juego. La nieve apenas cubre la roca sobre la que me hallo encaramado y de nada me serviría golpearla con más fuerza; ahora la escalada se transforma en una especie de ballet sutil y delicado. Al final, resuelvo el paso con relativa elegancia, si se me permite ponerme arrogante.
La
foto la hicimos con los primeros rayos del sol y ese cielo todavía de color casi morado y olor a frio seco. Es la famosa pared sur del Annapurna donde está ahora Inaki.

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Friday, April 25, 2008

Por qué sube el precio del arroz en Asia?

Necesitamos crear puentes al nuevo mundo al que vamos.

Tailandia es el mayor exportador de arroz, y los precios se han duplicado y más en los últimos meses. Muchas familias en el Mekong y en el mundo están teniendo que cambiar sus hábitos y comer solo una vez al día, y esto tiene serias implicaciones en nutrición y salud de ninos, mujeres embarazadas, madres y personas mayores.

Esto ha generado un debate sobre las razones y las posibilidades de encauzar de nuevo la situación. Aquí vamos a dar nuestra opinión, aquella que nadie desea escuchar. Algunas de las causas son:
  1. Asia ha crecido en el 2007 un cómodo 8.2%, lo que supone un crecimiento muy robusto. Esto significa fundamentalmente mucha más gente accediendo a bienes y servicios, incluido el alimento, el trigo, la soja, las judías y el maíz;
  2. El número de desastres naturales está aumentando debido al cambio climático, y las pérdidas económicas y sociales se centran en estos sectores como los más desfavorecidos. La agricultura es el sector estratégico en el mundo al que vamos y lo tenemos desatendido, no nos ocupamos de él, no cumplimos sus necesidades y lo mantenemos en estado de abandono, negligencia y dejadez;
  3. Los precios de la mano de obra y tierra para la agricultura están aumentando.
Esta es la realidad. Asia contiene dos tercios de la población del mundo. En no muchos annos, 640 millones de personas están pasando de la extrema pobreza a alimentarse, consumir y transportarse. Si los objetivos del milenio se cumplen, en los próximos anos, 1900 millones de personas tendrán acceso a sanidad básica, 660 millones ganarán acceso a agua potable y 800 millones se conectarán a la electricidad.

Siempre nos acordamos de nuestra amiga Carmen y nuestras conversaciones en Túnez. Población, población y población. Ella decía que los únicos países que pueden sobrevivir en África son aquellos que han llevado a cabo iniciativas de control de población, normalmente dirigidas por mujeres inspiradas en su momento de la historia, como Túnez.

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Tuesday, April 22, 2008

Catedrales para practicar nuestra religión

Nada más irnos con toda la pena, escuchamos que una expedición española estaba subiendo al Annapurna, el Dios de la Abundancia, el Buda de la Abundancia. Los franceses Maurice Herzog y Louis Lachanal lo habían subido por primera vez en 1950 desde la cara norte. Hoy Inaki Ochoa de Olza vuelve a decir que la diosa les llama con sus cantos de sirena, y como son hombres muy débiles, no han hecho otra cosa que sucumbir a sus encantos. Dice:
Ayer por la mañana, mi compañero Horia Colibasanu y yo escalamos durante un montón de horas antes de tocar por fin la inmensa pared sur del Annapurna. Fue uno de los días más duros y tensos que puedo recordar, subiendo sin parar durante casi once horas, rodeados en todo momento por paredes difíciles de medir a simple vista y sabiendo que de nuestras decisiones hoy dependerán muchas cosas en un futuro cercano. Las dimensiones nos engañan sin parar. Diez días de nevadas constantes y una mala gripe, en mi caso, nos habían dejado atrapados sin mucha salida en nuestro campo base. El catarro no ha supuesto mayor problema y lo he curado como buenamente he podido, pero las nevadas han dejado el glaciar repleto, y el trabajo es agotador. Nos hemos sentido pioneros, decidiendo cómo y por donde pasar. Por la mañana el frío te paraliza y, sólo unas horas después, apenas podemos soportar los 50 grados de temperatura de este horno. Nos cocemos vivos, nosotros y nuestros sueños.
En el campo base hay un memorial budista que honra la memoria de un alpinista ruso, y en una placa en la piedra pueden leerse algunos datos biográficos y la siguiente frase:
Las montañas no son estadios donde satisfacer nuestra ambición deportiva, sino catedrales donde practicar nuestra religión
Intentar abrazar algo que ni siquiera existe, en el cielo.¿Por qué? Hay demasiada gente de puntillas. Y más aún de rodillas.

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Wednesday, April 16, 2008

Katmandú

El sábado fue larguísimo desde Himalaya hasta Kyumi, lloviendo desde Chombrong a mediodía. Esa noche la pasamos en Kyumi en compañía de los dueños del refugio y sus cuatro hijas. Allí cocinamos envueltos en el humo de un fuego hecho en el suelo de la cocina, y compartimos arroz con verduras y algunas lentejas, yo comiendo solo y las hijas mayores dando de comer a las más pequeñas. En familia. También apareció por allí un coreano que había hecho las fotos magníficas del Daulaghiri que nosotros no pudimos hacer.

El domingo salimos a las cinco y media de la mañana y llegamos a la civilización a las once, ya por un camino más ancho, llano y seco. La aventura salió tan bien y tan cronometrada que decidimos dejar un poquito de nosotros en ese país, las botas Asolo, que para nosotros estaban a medio uso pero para Ramesh estaban nuevas. Aventuras que verán esas botas!

Nos esperaba una avioneta que sobrevoló el Everest, Lhotse y otros, y pegada la nariz a la sucia ventanilla de aquel artefacto, vimos nubes y más nubes tapando la visión de las montañas.

La noche del domingo había acabado la aventura. Katmandú nos volvía a fascinar por su cielo, y es que la ciudad estaba sin electricidad y sin luces, y eso tiene su parte positiva. Curiosamente, al llegar al hotel Shanghai, nos dieron una vela y unas cerillas. El hotel era como un escondrijo de hippies franceses de los sesenta. Olía a incienso y sonaba música y estética Siria. Parece que Damasco luchaba por convertirse en la ciudad más antigua del mundo y en el símbolo vivo de la cultura alternativa y hippy.

En el hotel Shanghai que parecía sacado de una novela negra nos tomamos un pollo tandoori y un bollo de canela alemán hecho por algún aussteiger (probablemente algún ciudadano en Nepal siguiendo esa tradición alemana de buscar liberarse de la sociedad tanto internamente como externamente en una forma de escapismo bajo el escudo de la New Age y leyendo Walden de Thoreau). Aunque las paredes estaban decoradas con fotos de ocho miles, nos costaba mucho más de lo normal subir los dos pisos de escaleras. Un día más y hubiéramos necesitado muletas en lugar de palos.

Quedan muchos recuerdos imborrables, muchos destellos como el molino de madera en el río bajando de Chombrong y los niños cuidándolo, y nosotros agitándoles los brazos para provocar su risa. Qué luz más imponente había!

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Maxi el aventurero

El otro día decía un madrileño que le gustaría llevar una vida más aventurera. Nosotros nos acordamos de Maxi, el protagonista de un cuento infantil que Mateo lee casi todas las noches. Desde pequeño, Maxi decide que quiere ser aventurero, viajar y ayudar a la gente, y cuando su vecina se entera quiere convencerle de que la necesita como compañera. Después de horrorizarse unos días, Maxi acaba dándose cuenta de que sería más interesante tener compañía y estar más arropado en los momentos difíciles.

Entonces pensamos en un test de aventurero: Estás en tu edificio habitual en la ciudad. Si tienes que bajar al piso de abajo y la mujer de la limpieza acaba de fregar el suelo de mármol, coges el ascensor o aprovechas para bajar por las escaleras pidiéndole perdón?

Cada paso sobre el suelo mojado puede acabar en la casa de socorro; hay que decidirlo con cuidado, más si la barandilla acaba de ser pintada y no se puede tocar.

Bajar desde el campo base del Annapurna hasta el pueblo de Himalaya fue algo parecido: 4175 m a 2900m diluviando son 1275 metros de escalones, unos 400 pisos. Qué dirías si tuvieras que bajar 400 pisos recién fregados? Maxi diría que sí. El madrileño no lo sabemos. Nuestro papá tampoco porque nadie le preguntó.

Además, al día siguiente había que bajar hasta 1300 m y llegar a Kyumi, más 400 metros de subida a Chombrong, otros 2000 m de desnivel o 650 pisos de escalones, eso sí, solo lloviendo los últimos 900 metros.

El test sigue así. Bajarías al día siguiente otros 650 pisos de escalones, los últimos 300 mojados? Por cierto que la metáfora da una idea de magnitud. Algunos escaladores se exhiben escalando rascacielos y la gente se asusta pero para ellos el espacio es realmente pequeño.

Pero lo interesante es la percepción, lo que pasa en la cabeza. Cada escalón obliga a concentrarse. El pie no se puede ir. Si se va y te pilla pensando en Pocahontas acaba el día en un helicóptero de rescate. Si se va el pie, el cuerpo debe reaccionar cambiando el equilibrio y tal vez agarrándose con los dientes a la flor de un rododendro.

Cada paso necesita toda la concentración y todo el equilibrio. Después de muchos pasos el cuerpo y la mente ya no se diferencian, no hay pensamientos, no hay memoria, no hay recuerdos, no hay futuro, no hay miedo. La mente se vuelve clara y fresca, y los reflejos rapidísimos. El proceso se mantiene hasta que se llega a un refugio y te ponen una sopa caliente de verdura, ajo y pasta con te negro, todo muy caliente, suficientemente caliente para que se derrita el hielo del gorro. En gran parte el estado de lucidez se desvanece y hay que volver a comenzar.

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El descenso del Santuario del Annapurna

Si de acá pa allá es de subida, de allá pacá es de bajada. Aunque las caderas y rodillas iban sobrecargadas y no era tanto placer andar, íbamos con una hermosa sensación de cosas bien hechas, suerte tenida y objetivos alcanzados.

El viernes bajamos desde el campo base del Annapurna hasta los 3066m +-24m, según el GPS, y empezó a llover. Estuvo bastante bien calculado, porque la lluvia un poco más arriba hubiera supuesto nieve, hielo y dificultades. El primer pensamiento fue ma pen lai, no importa, que ya estamos bajando, pero bajando a 3400 m todavía puede montarse una buena. Lo compartimos con un francés y una chica de Hong Kong China que salían con sus capas rumbo al campo base a pesar de la lluvia.

Obviamente podía llover más todavía. Hasta Himalaya a 2900 m llovió sin piedad. Ese día deberíamos haber llegado a Bamboo a dormir, pero nos quedamos en Himalaya para salir muy pronto en la mañana siguiente y aprovechar el buen tiempo antes de la lluvia de la tarde. Hacía un frío realmente respetable y nos tuvimos que meter en el saco con absolutamente toda la ropa puesta (las botas no, claro). La ducha caliente que tal vez habría era una solución fabulosa pero necesitaba un grado de decisión que ya no había.

Además, nos habíamos quedado fríos hablando con un israelí de los miles que viajan sin rumbo por el mundo para no quedarse en su terreno ocupado. Este acababa de terminar sus cuatro años de militar, y decía que había que protegerse con un muro del terror, de P., L., S., I., y USA que compra su petróleo. No estaba él muy seguro si es ese país el que produce el petróleo o es Arabia Saudita. Después de ser insinuado lo horrible que debía ser vivir pensando que todo el mundo alrededor era enemigo, la conversación terminó. Estuvimos a punto de venderle el gorro hecho en Lib.

El país estaba en calma, las elecciones parecían tranquilas y era año nuevo, además de una importante fiesta local en el Santuario del Annapurna, así que no había tanta prisa y era mejor descansar esa noche.

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Campo base del Annapurna

La respiración a tan solo 4175 m de altura era fatigosa. En el resto del planeta a esa altura solamente se puede mirar hacia abajo con todo el cielo por encima. Toda España está por ejemplo debajo de esa altura. Desde el campo base del Annapurna se mira hacia arriba.

El viernes a las 4:30 am salíamos hacia el campo base del Annapurna bajo un cielo estrellado espeluznante. El carro estaba escalofriante sobre Annapurna I aunque éste todavía estaba ausente. Solo empezó a dejarse ver a las cinco. A las seis menos diez, el primer rayo de sol chocó con el Annapurna I a través de los versos en tela para la oración que caracterizan Nepal.

Tan densa en sensaciones fue esa subida! Entre ellas, estas botas se escurren, quien me mandaba traerme este gorro tan finito, ojalá tuviese unos guantes con dedos en lugar de estos improvisados de bicicleta… En la mano llevábamos una linterna de mano que no nos permitía usar los bastones.

A parte de la broma, en la noche estrellada mientras subíamos no había pensamientos salvo la sonrisa de Manuel, la cara de pillo de Mateo y los besos de Rosa, a quien hay que agradecer esta ventanita de libertad y haber perdonado las labores domésticas para una experiencia que me costará una década olvidar.

En las fotos, la primera es del Annapurna Sur, la segunda del Annapurna I.

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El decálogo

Nos alabamos? Pues ala, vámonos. Así empezaban las caminatas cuando éramos pequeños, seguramente ya dándonos cuenta prematura de la necesidad de olvidarse de uno mismo y su ridiculez en la montaña.

Aquí van diez principios basados en la experiencia:

1.- No hagas esfuerzo, que todo sea fácil. Encuentra el equilibrio vertical de tu cuerpo, y no aprietes, deja que los pies avancen solos, que ellos saben.

2.- Busca la economía, no malgastes energía, busca la ruta plana donde la cabeza suba y baje lo menos posible. Para que pisar con la punta del pie si puedes pisar con el talón?

3.- Se efectivo. Que cada paso avance lo máximo, hacia abajo pasos más grandes. Busca las piedras donde se avance más con la menor energía y pisa en ellas.

4.- Anda suficientemente despacio para que la respiración y el corazón no se aceleren, lo cual es un reto después de los 3000m.

5.- Mira a las montañas, ellas te dan la energía que necesitas. Si no mirar al suelo te hace no ver un boletus edulis, que se le va a hacer…

6.- Continúa. Si la montaña te llama, ve, no es tu culpa, es el destino.

7.- Concéntrate en lo que haces y no en el pasado ni la memoria ni el futuro.

8.- Respeta la naturaleza, es sabia. Cuidado con pisar las mariquitas en el suelo.

9.- Habla con la gente. Su sonrisa te da ganas.

10.- Di hola si estas en España a la gente que se cruza, bon jour si Francia, Servus si Alemania, Gruss Got si Austria o Namasté si Nepal Eso da sensación de pertenencia a una comunidad. Puede que todos los hombres tengas algo en común pero los que se cruzan en las montañas lo tienen más.

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Vuela pajarito

Vuela, vuela, pajarito, decíamos cada vez que poníamos un pie más arriba que el otro. Dentro de poco estaríamos más cerca de Dios, digo del Annapurna, que de la civilización en Pokhara a donde pertenecíamos hace unos días y perteneceríamos dentro de otros días.

El miércoles a medio día estábamos en Chomrong a 2150 m de altura y volaba un segundo águila sobre nuestras cabezas. El Annapurna Sur también hacía aparición de forma que había que estirar el cuello hacia arriba hasta la tortícolis. Otro águila o no se qué ave rapaz, o la misma, nos volvió a sobrevolar. Era una pena que aquella nube negra y fea se interpusiese entre nosotros y las torres heladas que formaban el circo de siete y ocho miles que nos culminaba.

Intentaríamos explicar la sensación pero la describió mejor Cortázar:

“… se le agolpaba el clémiso y caía en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes. … se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado … se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”, Julio Cortázar, Rayuela.

El jueves salímos a las siete de la mañana de Bamboo y a las dos de la tarde de Deurali. A las cuatro estábamos en el campo base del Machapuchare, después de un hermosísimo camino por un valle alrededor de un río, realmente bonito con caída de rocas y nieve a los lados haciendo la música.

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Lluvia en la montaña

No somos nadie. Esto fue escrito el miércoles por la tarde a las cuatro, 24 horas después de haber empezado a andar. Habíamos caminado hasta los 2300m y ahí las cosas se empezaban a poner difíciles; empezaba el frío, la lluvia, los truenos y los relámpagos, llovía a mares y la tormenta eléctrica no cesaba. El rayo que no cesa.

Estábamos en un refugio colgado de una arista con unas vistas espectaculares. Había un australiano carpintero, dos chavales escoceses que han quemado la tienda que pretendían secar y que habían alquilado en Pokhara. También había una chica que escribía compulsivamente en su rincón y dos guías que esperaban pacientemente. Ramesh decía que tendríamos que dormir ahí y al día siguiente salir a las cuatro de la mañana.

Nos acordamos de un día similar en los Galayos. Llovía a bocajarro, estábamos calados hasta las orejas y entramos en el refugio con vaho en la boca y olor a húmedo y a fuego. Cada uno contaba su historia de subir por una vía, vivac en una torre o problemas en una chimenea. Probablemente íbamos con los camarrupas, la mayoría se había vuelto y solo algunos habíamos llegado al refugio. No recordamos quiénes.

Otro día parecido fue en la Pedriza, también llovía y el refugio estaba lleno de personas y de hormonas. Había muchas revistas de Peñalara y estuvimos leyendo mientras esperábamos que escampara. Tampoco recordamos quién iba, acaso José Antonio, que se casó con Susana y no hemos sabido más de él.

Antes de todo eso fue Picos de Europa bajo la lluvia de septiembre de 1985. El refugio de Cabaña Verónica fue construido utilizando la cúpula metálica procedente de la batería antiaérea de un portaaviones en desguace. Mariano lleva ya guardándolo 26 años, además de informar sobre rutas, la meteorología y estado de los picos. Portea todo aquello que hace falta en un refugio: comida, bebida, mantas y repuestos para la emisora, incluida agua, pues en la cabaña no hay agua y la fuente más cercana se encuentra a unos cuantos kilómetros de distancia. Íbamos con Joaquín caminando hacia arriba cuando nos adelantó Mariano con un armario (es una metáfora) colocado en la espalda.

A Peter le conocimos en el refugio del Zugspitze a 3000m con Joaquín. Aquel día salimos a las cuatro de la mañana e hicimos la Jubiläumsgrat hasta el Alpspitze y después sin parar hasta su casa donde cenamos spaghetti para reponer las 14 horas de calorías. Con el abuelo también dormimos creo que dos noches en refugios en el valle al sur del Zugspitze.

Diferente fue el Ecoclub en Líb. Varias noches de nieve estuvimos allí viendo como se consumía un tronco en la chimenea. Una noche con Mateo fue preciosa cuando se quedó dormido en los brazos de papá. Por supuesto fue bonito conocer a John y a Antoine allí y salir tres días caminando hasta Akkar. Hicimos tres noches, una en el Qornet es-Sawda a 3088 metros con un buen frío. Como refugio, también era interesante el de parapente donde desayunábamos después del vivac en los cedros. Con frío frío los viernes por la noche tomábamos la sopa de leche de cabra que nos obligaba a hacer pis sin parar.

Entre recuerdos, se iba a hacer de noche y todavía estaba lloviendo. Dice el refrán: Déjalo llorar; mientras más llore, menos meará. Podríamos haber pasado la noche allí, pero escampó y nos fuimos.

Anduvimos dos horas por un bosque. En el camino había miles de rododendros y algunos faisanes. Encontramos bastantes paisanos recogiendo cosas del bosque. Aparentemente a los pájaros cuando llueve, hace frío y escampa, les entran ganas de reproducirse, hacen agujeros en la maleza, se guarecen y allí hacen sus cositas. Los paisanos encuentran muy fácil cazarlos en ese momento aunque se ríen cuando piensan en la situación. Esa noche cenaríamos pollo, claro!

A las siete de la tarde estábamos sentados en el refugio "Bamboo", en una habitación con un brasero gigante, con la nariz y los ojos impresos de la sensación y del olor del bosque. Eran 2400m y hacía frío fuera. Cada vez más el brasero gigante olía a escorial con keroseno. En frente, había un grupo de puede que rusos jugando a las cartas. Las conversaciones con los que caminaban ya hacia abajo de vuelta decían que al día siguiente subiríamos hasta los 4000m cruzando un bosque con monos.

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Tuesday, April 15, 2008

La decadencia del cuerpo

Durante el periodo final de la Edad Media se hablaba de la decadencia del espíritu. Aquí aplicaba mejor hablar de la decadencia del cuerpo. Más o menos ésta fue la conversación inicial, iluminada por una noche de dormir en el autobús y habiendo visto las montanas desde el valle:

Papá: Hola Sabine, me gustaría ver esa montana de ahí, el Annapurna.

Sabine: Puedes subir al campo base pero te llevará entre siete a nueve días.

- Ummm.. yo solo tengo cuatro días...

- En esos días se puede subir hasta Poon Hill, desde donde se ve el Annapurna South a la salida del sol.

- No se, prefiero no pensar y subir hacia el campo base hasta donde llegue, supongo que no dolerá demasiado, después de haber hecho varios cuatro miles en los Alpes y haber subido varias veces a Abantos.

Eso fue una exageración casi mentira. Lo del castigo era una forma de hablar, en realidad iba a ser un gran placer. Además, el Zugspitze tiene 3000m escasos. De los 60 picos de más de cuatro mil en los Alpes, al Mont Blanc (4808m) no hemos subido, al Matterhorn (Cervino, 4500) tampoco hasta la cima y al Eiger (3900) sinceramente no nos acordamos si hicimos cima. El Grossglockner (3800) lo hemos visto desde lejos, el Jungfrau (4158) lo planificamos pero no fuimos y los Dolomitas (Marmolada) llegan hasta 3344m. En realidad la mayoría de la montaña que hicimos en los Alpes no superaba los 2500m.

Pero Ramesh pensó que era posible llegar a los 4200m, al antiguo glaciar y plataforma desde la que se atacan los 8091m del Annapurna. El bisabuelo decía que el que tropieza y no cae, adelanta terreno. Podríamos llegar en los primeros dos días y medio al campo base del Machapuchare, muy temprano subir al campo base del Annapurna a ver la salida del sol y bajar en dos días como campeones, unas doce horas sin parar cada día de sol a sol.

La realidad es que los puntos débiles de nuestra estructura ósea-muscular dicen ven cada vez más. Entre otras cosas, a veces nos dolía la cadera derecha por las mananas y teníamos que tomar anti-inflamatorios. También nuestros pies hubieran requerido otras botas mejores que las de Decathlon. En todo caso, era el destino y ya no podíamos apearnos.

Vuela pajarito, que los 80 kilos y toda la grasa acumulada durante décadas no pesa. Simplemente relájate, no demasiado, relájate apropiadamente. Que se mueva un pie y luego otro sin que nadie se lo diga. Que los hombros caigan y no aprisionen la respiración. Que los bastones encuentren solos su punto de apoyo en el suelo sin que la mirada se ocupe y sin que se resbale la punta de goma.

La mayoría de los habitantes de la zona son sherpas budistas de fisonomía india, aunque también abundan los thakalis de rasgos mongoles. Las fotos son sherpas cargados. El único medio de transporte es ir a pie, y así llevan incluso las bombonas de butano.

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Paseito por el Annapurna

En Blue Planet, Sabine nos ofreció una ducha de agua caliente y un taxi para ir a sacar el permiso de trekking por 2000 rupias. Ese mismo martes a mediodía salimos de Pokhara con Ramesh Adhikari, quien haría de guía. Ramesh era de un pueblecito a un par de decenas de kilómetros de Pokhara, tenía 28 años, una niña Pretty de 5 años, un niño, Nobel, de un año, y, según él, una preciosa mujer, Gita, de 23 años. Acabó el Instituto y bajó a Pokhara en busca de trabajo. Allí empezó a trabajar con Sabine y Ram, su marido. El sueño de Ramesh era emigrar por un mejor trabajo y que su hija fuera lista y entrara en el colegio un año antes.

Nada más empezar a caminar, un águila (o ave rapaz) nos dio la bienvenida sobrevolando nuestras cabezas. La primera parada una hora más tarde fue a comer Dahl Bat: arroz, judías, lentejas con algunas verduras.

Dice el refrán: el amar, el rascar y el caminar no quieren sino comenzar. Desde las 14:20 y a paso firme y sin parar ni un poquito, caminamos hasta Kyumi. El camino estaba vivo, con gente viviendo, niños recogiendo leña, niñas cuidando el crecimiento del trigo y que se moliese sin incidentes en el molino, mujeres dando de mamar, hombres cargando vigas de madera por los caminos, mujeres cocinando al fuego de leña en sus casas de piedra pequeña sin chimenea y ancianos ayudando según sus fuerzas.

El valle está adornado de terrazas donde cultivaban trigo en abril, arroz en el monzón y otras cosas que solo escuchamos en nepalí y no entendimos. Al saludo de Namasté o “sté”, las horas se sucedían por los caminos. Todo se agrupaba en los pensamientos que se diluían en la piedra tras piedra.

La cena en Kyumi fue otra vez Dahl Bat y la cama muy simple pero exquisitamente limpia, unas 550 rupias por dormir y cenar, 30 por un te negro. Después de cenar, tuvimos una conversación larga con Ramesh y las estrellas sobre si emigrar o no a otro país, intentando averiguar si valía la pena emigrar por trabajo y que los niños se volviesen expatriados natos sin estar claro el idioma hablado, o si no importaba porque tendrían qué comer. El Escorial y Pokhara se fundían en la conversación, el espacio y el tiempo.

El día siguiente era miércoles y empezaba el “paseo” en serio. En la zona abunda el Jak, una especie de oveja doméstica con patas cortas y gordas, cuernos retorcidos y mucha lana de Kashmir. Después de un poderoso desayuno a base de queso de Jak y pan de Chapati, salimos de 1300 m de altura, el objetivo próximo estaba a 2400 para dormir, un día para disfrutar.

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El lago de Pokhara

Habíamos salido el lunes 7 de abril a mediodía de Bangkok y llegamos a Katmandú tres horas más tarde. En el vuelo nos sentamos con un psicólogo nepalí haciendo un master en Bangkok que nos contó la versión psicoanalítica del subdesarrollo y desequilibrio político nepalí. Ibamos sentados en una ventanilla a la derecha de un Boeing 757 y Royal Nepal Airways nos hizo un regalo entrando desde el norte y sobrevolando todo el Himalaya desde Tíbet a Katmandú, en un día claro. Nos recordó a Yemen donde los pueblos estaban construidos en lo alto de la montaña y nos sorprendió ver todas las montañas con terrazas cultivadas y vivas.

La llegada fue un soplo de libertad. Salir del avión a un cutre pequeñito aeropuerto rodeado de montañas y de casitas independientes, a 25º de temperatura, con un aire puro y una atmósfera clara clarísima de a las cinco de la tarde fue una apertura a la vida. Un ataque repentino de memoria nos hizo pensar que podría haber estado allí Melhem, nuestro amigo fotógrafo de Baalback.

A las siete menos cuarto comprábamos un billete a Pokhara a través de unas rejas y a la luz de una vela en la estación de autobuses. Eramos casi los primeros en el autobús, así que cogimos la ventana detrás del conductor. Medio dormidos en la espera, veíamos cómo entraba más y más gente, y cómo subían más y más cosas a la baca. Es espinoso describir lo lleno que puede significar la palabra lleno, la baca tenía el tamaño del autobús entero. Por fin llegó el último viajero, un librero de Pokhara con sus libros recién impresos para los estudiantes de secundaria, unos diez metros cúbicos de libros en cajas blancas que entraron todos en el pasillo delautobús marca Tata.

Para hacer mejor uso del espacio, a una chica la colocaron entre el volante y el parabrisas haciendo la visión del conductor todavía más prodigiosa. La chica se durmió sobre el salpicadero y así hizo el viaje. Ya sabemos todos que estas cosas ocurren porque lo vemos en la tele, pero estar en ese paisaje iluminado por velas hace delicado mantener el sentido de la realidad y no creerse los sueños.

La salida del ocre Katmandú fue polvorienta y abandonada, muy chocante en contraste con la intensidad y limpieza del cielo y las estrellas, con una luna en cuarto creciente prácticamente nueva. Se veían todas las constelaciones nítidamente. Salimos con la visión de un Hercules y un Draco completos, de vez en cuando la Osa Mayor con todas sus siete estrellas, y algunas veces Cassiopeia medio detrás de la montaña. Draco representa un dragón que guarda un manzano de oro que pertenece a Hera, la mujer de Zeus. La cabeza de Draco está formada por cuatro estrellas justo debajo de un pie de Hercules, y el cuerpo está entre las dos osas celestiales (o cazos, como eran conocidas familiarmente antes). A pesar de las potentes luces de las velas en la ciudad, las estrellas igualaban en intensidad a la luz emitida por las casas, en un continuo tierra-espacio encuadrado por la ventanilla.

La noche prometía muy divertida. Por 260 rupias nepalíes, el autobús nocturno recorrió exitosamente los 200 kilómetros que separaban Katmandú de Pokhara en ocho horas. Así de lento en parte por la carretera, que es una curva tras otra subiendo y bajando montañas, en parte por la tecnología Tata del autobús. Lo más parecido rebuscando en la memoria era la carretera al Qadisha pero con menos asfalto, con menos parapetos y defensas y muchos más camiones, la mayoría Tata no se si muy antiguos o muy simples, más bien netos y pelados. Es difícil que el autobús alcanzara en ningún momento más de 30 km por hora de velocidad. Por suerte, el autobús circulaba por la parte de la izquierda de la montaña, es decir, en el lado de la montaña y no en el de la caída al vacío. Así, dormimos bastante bien, con los ojos entreabiertos, casi todo el trayecto, a ratos.

Al llegar, la primera visión de las montañas fue un shock. Era la primera hora de la mañana, apenas acababa de salir el cielo, una hora antes de la salida del sol. Salíamos del autobús recién despertados y ahí estaban los dos guardianes de un compartido macizo como paredes a la derecha. Eran más de seis kilómetros por encima y se percibían como muros verticales custodios del alma humana.

Los dos enormes colosos eran el Annapurna Sur y el Machapuchare, dos puntas brillantes de hielo diciendo ven. Die Berge rufen. Ambos se veían como flechas al cielo alejándose del ser humano. Alrededor de ellas iban a rodar los próximos días: El Annapurna Sur se convertiría en el punto a seguir cual torre de iglesia se tratara en Castilla La Mancha, y el Machapuchare simbolizaría el mito. Esta montaña de casi 7000 metros con forma de cola de pez tenía mucho significado religioso y, tal vez por eso tal vez por lo vertical de sus aristas, mantenía su dignidad lejos del hombre y nunca había sido escalada hasta la cima. Su omnipresencia desde cualquier punto de la región recordaba al Cervino en los Alpes.

La mañana del martes, el lago de Pokhara parecía de aceite en el amanecer y las barcas parecían deslizarse por su superficie. Lo rodeamos paseando y escribimos esto en Mike´s restaurant a la orilla del agua, con un ojo en el cuaderno forrado de corcho del rastro madrileño, y otro ojo en las mujeres lavando la ropa en las aguas tranquilas del lago. Una de las mujeres se estaba recolocando la falda en una terrible complejidad de telas. Llevaban una especie de tira de tela enrollada y remetida por varios flancos. Ahí estaban los ojos, la boca estaba llena de tostadas con huevo, queso, mermelada y café con leche, la especialidad para el desayuno del tal Mike. En la mesa siguiente había una pareja británica con dos niños de quizás tres y cinco años. Tomaban café y papá se imaginaba cómo iban a salir caminando todos juntos hacia el Annapurna.

Ya que habíamos llegado algo lúcidos a Pokhara, planificamos buscar el Blue Planet en Lakeside East, decir Namasté a Sabine, la duena, una belga muy simpática que iba a arreglar la excursión al Annapurna, decir hola por Internet a los monstruitos, tomar una ducha y salir caminando.

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Monday, April 14, 2008

Al Annapurna

Papa se ha ido a ver el Annapurna a Nepal. Nos contará más cosas, pero de momento una foto.

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